En 5.º de Primaria el aula se convirtió por un rato en un pequeño laboratorio. Sobre la mesa, una balanza de precisión, una hilera de vasos medidores y una colección bastante curiosa de materiales. Todo listo para descubrir qué se esconde detrás de una palabra que aparece en muchos sitios y casi nunca explicamos del todo: la densidad.
La sesión empezó por donde más nos gusta: por una pregunta. Antes de tocar nada, cada alumno escribió en su cuaderno qué material pensaba que sería el más denso y por qué.
Después llegó el turno de la fórmula. La escribimos en la hoja con cuidado, como quien aprende un truco nuevo: d = masa / volumen. Dicho así suena a lección de libro, pero en cuanto la balanza marcó el peso de la primera piedra y el agua del vaso medidor subió un poco al meter el material dentro, la fórmula dejó de ser una fórmula y se convirtió en algo que podíamos comprobar con las manos.
Fuimos pasando uno a uno los diez materiales. Anotábamos la masa en gramos, el volumen en mililitros y dividíamos. La cuarcita y la caliza se llevaban valores parecidos; la toba volcánica nos sorprendió porque pesaba poco para lo grande que era; el corcho y la madera se quedaban abajo del todo; y el «diamante» de plástico, pese a su brillo, no engañó a la balanza. La piedra del patio acabó codeándose con las rocas que habíamos traído del laboratorio.
Al terminar, llegó la parte que más nos interesa: la reflexión. ¿Cuál ha sido el más denso? ¿Cuál el menos? ¿Coincidía con tu predicción? ¿Qué relación hay entre masa, volumen y densidad? Algunos habían acertado de pleno; otros descubrieron que el tamaño no siempre cuenta lo que parece. Y casi todos salieron con la misma idea bien clara: la densidad no es lo que pesa una cosa, sino cuánto material cabe en un trocito de ella.