El camino interior

TIENES entre tus manos una propuesta para acompañarte en el camino que quizás estás comenzando. Es un itinerario, y al tiempo son muchos, como muchos son los caminos posibles de quien peregrina a Santiago (o a tantos otros lugares). Una propuesta para que tú la adaptes y la hagas tuya.

Puede ser que vayas a caminar cinco, diez, treinta o más días… Por eso lo que te ofrecemos son posibilidades, como una guía con herramientas para que puedas ir poniendo nombre a algunas de las reflexiones e intuiciones que a menudo sorprenden al peregrino.

 

¿Por qué haces el camino? Hay tantas razones como personas. Puede ser por motivos religiosos, culturales, deportivos… puede ser un proyecto personal que llevas largo tiempo acariciando, el resultado de una promesa, o una opción inesperada –alguien te ofreció acompañarle. Puede ser que tengas todo preparadísimo, te has pertrechado en alguna tienda muy sofisticada de todo lo necesario para condiciones climatológicas extremas, o al contrario, harás la mochila en el último instante y con cierto punto de improvisación. Puede que hayas leído cuarenta guías para tenerlo todo bien atado, o te fíes de dos intuiciones ¿Vas solo o con amigos? ¿En familia? ¿Con tu pareja? ¿Caminas?

¿Vas en bici? ¿A caballo? ¿Llevas todo a cuestas? ¿Alguien os acompaña con un coche de apoyo? ¿Qué ruta vas a hacer? ¿El camino francés, punto de encuentro de tantas gentes y culturas? ¿El primitivo, atravesando las montañas entre paisajes fascinantes? ¿El camino mozárabe? ¿El portugués? ¿La ruta del Norte? ¿Por cuánto tiempo estarás caminando? ¿Diez días? ¿Cinco semanas? ¿Dos meses? Las posibilidades son innumerables. (Y todo esto hablando del Camino a Santiago). Quizá tu ruta vaya a ser otra: a Roma, a Jerusalén, a Javier, a Aravaca, a Covadonga…, a tantos lugares que son punto de llegada para peregrinos sedientos de camino, experiencia, naturaleza y encuentro.

Hay muchas formas de lanzarse al camino. Lo que es común a todas ellas es que, a la vez que uno avanza por lugares externos, también va haciendo un itinerario interior. El esfuerzo, el cansancio, el encuentro, la risa, el llanto, la reflexión, el silencio de largas horas de marcha… todo ello favorece el que uno piense en su vida y en otras vidas. Si eres un poco inquieto, el camino te invita a revisar tus prioridades, a pensar en qué es lo importante de tu vida, y a conocerte un poco más a ti mismo, a los otros y – desde la fe– al Dios que muchas veces late detrás de nuestras búsquedas. Incluso aunque no cuentes con ello, aunque te plantees que únicamente vas a probarte físicamente, la realidad es que es muy humano el volverse hacia dentro y tratar de entender. Quizás porque la vida no nos ofrece demasiados espacios para frenar y profundizar en sus

 

múltiples posibilidades. Por eso cuando estamos en camino la oportunidad se vuelve pregunta, la pregunta se vuelve búsqueda, y así uno se zambulle en un camino que le lleva a recorrer, por dentro, parajes que quizás nunca había transitado.

Prolegómenos. ¿Qué hago aquí? Oportunidad y deseo

(Para antes de partir, o para cuando viajes hacia el punto de partida, o para cuando comiences a caminar). 

«Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Su tiempo el nacer y su tiempo el morir; su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo plantado, su tiempo el matar y su tiempo el sanar» (Qo 3,1-5)

En la vida hay oportunidades. A veces se fuerzan, se buscan intencionadamente. Otras veces llegan de forma inesperada. Oportunidades en las relaciones, en lo laboral, en las experiencias que uno tiene… La misma palabra evoca posibilidades. Sugiere que algo se puede llegar a conseguir, y también indica que ese algo es deseable (de lo contrario, hablaríamos de amenazas).

El camino que comienzas es una oportunidad. De salir de casa. De tomar distancia de las cosas, de tus gentes, de la rutina del año y, ojalá, de los problemas (aunque uno siempre cargue con sus sombras). Una oportunidad de descansar… o de cansarte de un modo diferente. De convivir, quizás, con aquellas personas con quienes te has embarcado en esta aventura. De conocerte un poco más. De pensar en tu vida, valorar lo que tienes y, si es necesario, reencauzar lo que falta o lo que está descentrado.

Ser consciente de tus oportunidades no garantiza que las vayas a aprovechar. Pero al menos te permite estar más atento para no dejarlas escapar.

El camino suele ser –al menos lo es para bastantes personas– la ocasión de vivir unos días de esos que dejan huella. También a ti te puede pasar. Para ello, lo importante es dejar que se remueva todo, desinstalarse de lo habitual, dejar que la luz ilumine todos los rincones de la propia vida, sacudir un poco el polvo de los espacios más abandonados. No tener miedo a transitar por esos aspectos de la vida por los que a veces uno puede pasar más de puntillas.

Si ahora, de entrada, tuvieses que pensar para qué es una oportunidad este tiempo de camino, ¿qué señalarías? Dicho de otra manera, ¿qué te gustaría encontrar aquí? (¡Ojo, a veces uno se encuentra lo que nunca hubiera imaginado!; pero ésa es otra historia…).

El camino es tiempo de preguntas. Tanto como de respuestas. Hacerte algunas preguntas no garantiza que vayas a encontrar luz sobre ellas. Es más, quizás encuentres respuesta a interrogantes no formulados, y aquello que ibas buscando permanezca sin resolver. Pero, con todo, es importante en algunas ocasiones –como ahora– hacerte algunas preguntas sobre tu propia vida, sobre tus gentes, sobre adónde vas y a qué. Pueden ser preguntas muy cotidianas o muy trascendentales; muy sobre lo que te ocurre cada día o sobre cuestiones de sentido. Hay algunas preguntas retóricas, para las que ni esperas contestación, y otras imposibles, para las que no hay solución.

  • ¿Qué preguntas me hago al ponerme en marcha? ¿Qué interrogantes tengo? ¿Qué busco?
  • ¿Cuáles son mis problemas en este momento de la vida? ¿Qué me inquieta, me preocupa o me hace darle vueltas a la cabeza en esos momentos en que me desvelo?
  • ¿Y los retos que me planteo, en el camino y en el presente más amplio del día a día?

Sembrar

Alza la mano y siembra, con un gesto impaciente, en el surco, en el viento, en la arena, en el mar…

Sembrar, sembrar, sembrar, infatigablemente:

En mujer, surco o sueño, sembrar, sembrar, sembrar…

Yérguete ante la vida con la fe de tu siembra;

siembra el amor y el odio, y sonríe al pasar…

La arena del desierto

y el vientre de la hembra

bajo tu gesto próvido quieren fructificar…

Desdichados de aquellos que la vida maldijo,

que no soñaron nunca ni supieron amar…

 

Hay que sembrar un árbol, un ansia, un sueño, un hijo.

Porque la vida es eso: Sembrar, sembrar, sembrar

José Ángel Buesa